
Últimamente he escuchado a muchas personas hablar idiomas o lenguas que no son el español o el castellano.
He estado fuera de España de vacaciones, pero no os creáis que ha sido donde más variedad he visto; al final, solo me he ido una semana.
Ha sido en Madrid (mi ciudad), un fin de semana random de agosto; en Barcelona, donde hay mucho argentino, sorprendentemente; y en Galicia, donde he descubierto (una vez más) palabras preciosas como «bagoa» y me han dado muchos «agarimos».
No me disgustan las distintas lenguas, idiomas o acentos; son diferentes e incluso incluyen palabras bonitas que suenan a música. Es verdad que me agota intentar interpretar el inglés, pero, ya sabéis, borracha siempre es más fácil y en un after, a las ocho de la mañana, en Malasaña, más.
La cuestión es que nos acabábamos entendiendo y a mí me ha permitido reflexionar sobre la belleza de las palabras, tanto fonética como significativamente.
El ser humano inventó el lenguaje para poder entendernos entre nosotros. Le dio al conjunto de sonidos un significado y le otorgó importancia a lo que decimos, pensamos, sentimos o somos.
Las palabras pesan, de ahí que duelan o nos hagan más fuertes.
En psicología, en general, se hace especial hincapié en lo que decimos, en cómo lo decimos y en cómo nos decimos las cosas. Específicamente, la terapia narrativa habla sobre la importancia de las palabras y de la carga que tienen cuando están mal colocadas.
Creo que todos hemos pasado por momentos menos buenos y, cuando nuestros propios pensamientos son los que nos machacan, nos llaman insuficientes o incapaces, es cuando menos fuerza tenemos para enfrentarnos a esos momentos. Ya sabéis, eso de la autoestima y esas cosas.
Al revés también pasa: cuando escuchamos las palabras bonitas que tenemos que decirnos (o que nos dicen otros), podemos encontrar en nuestro interior la fuerza para enfrentarnos al mundo, al miedo y a lo que se ponga por delante.
Últimamente, esa es mi filosofía de vida. Soy suficientemente fuerte para enfrentarme a las cosas que me dan miedo (o pereza), como socializar en inglés. Esa, y decir que sí a todo.
Es divertido, aunque a veces acabes en sitios extraños, pero ¿por qué no? ¿Por qué no a un viaje? ¿Por qué no a un after? ¿Por qué no a un baile griego? ¿Por qué no a sustancias? ¿Por qué no a un buen beso?
La palabra «sí» te abre muchas puertas, te permite hacer muchas cosas divertidas y es preciosa. Además, su significado es genial y es fácil de interpretar, independientemente del idioma o la lengua. La mirada y la energía con las que se dice no tienen precio.
Te recomiendo que digas que sí o, por lo menos, que digas menos veces que no. Te recomiendo que digas que sí a viajar, a ir de after, a una (o dos) copas, a un baile o a un beso.
Pero, sobre todo, di que sí a aquellas voces positivas, las que te halagan y te cuidan, sean ajenas o propias. Y no sé, diviértete, que es gratis.
Os dejo un dibujo de la Judi, que me inspira cada día y que sin pedírselo sabe ponerle forma a lo que se pasa por mi cabeza.





