
Tengo la regla. Cuando tengo la regla, que es pocas veces al año, me duelen los ovarios, me siento hinchada, tengo antojos, a veces me pongo triste, pero sobre todo me enfado.
Hoy me he enfadado con el patriarcado. Aclaro, para aquellos que duden, que mi enfado no es con los hombres, ni con el género masculino, es con el patriarcado en sí, como sistema social en el que los varones ejercen el poder principal, predominando en los roles de autoridad, liderazgo y control. Claramente afecta a la economía, a la política y genera una desigualdad con el género contrario, el femenino, y afecta, inevitablemente, a los vínculos, las parejas y las relaciones entre hombres y mujeres.
Aclaro que mi enfado no es con los hombres para que ninguno de mis lectores individualice esto ni se sienta atacado. Vosotros sois víctimas del patriarcado también, solo que desde otro punto (ya hablaremos sobre ello).
Negar su existencia como base en nuestra sociedad sería absurdo y solo nos llevaría a invisibilizar la realidad. Yo trabajo y vivo teniéndolo en cuenta todos los días. Veo el tablero de juego sobre el que nos ha tocado vivir, pero, a veces, me cuesta y, muchas otras, me enfada.
Perdón por ponerme tan seria y tajante, pero hoy he tenido un día duro. Una de mis pacientes sufre violencia física por parte de su pareja y, lo peor de todo, es que ella no lo ve como algo por lo que alejarse de él. Lo minimiza y justifica.
Os iba a decir que no lo entiendo, pero en realidad sí lo hago. Sé de dónde viene, he estudiado mucho sobre ello. Lo que me cuesta es aceptarlo. Me cuesta procesar que una persona puede sentirse superior a otra. Ya sea por nacer en un lugar, con un color de piel o un género específico, pero bueno, entiendo que a aquellos que salen beneficiados de ello les viene bien seguir perpetuando estas creencias.
Es cuando afecta directamente a un individuo que compra el discurso patriarcal y manipulador de otro, cuando me enfada y, a la par, me da miedo. Me explico: cuando el que defiende actos violentos es aquel que sale beneficiado de ello, me cuesta entender; cuando lo defiende quien ha salido perjudicado, me cuesta tolerar y me hace cuestionarme muchas cosas. Supongo que me remueve más de lo que me gustaría admitir porque yo he sido la perjudicada y, efectivamente, lo he minimizado y justificado.
En este caso en concreto pienso: ¿En qué momento alguien decidió que estas eran las normas del juego? ¿Cómo se meten esas ideas en el imaginario colectivo con la información y el avance que hay ahora? ¿Tan podridos estamos como sistema?
No sé exactamente qué es lo que mantiene podrida la sociedad, pero sí sé que esto que cuenta mi paciente es la realidad de muchas mujeres. No me refiero a la violencia en sí, ya sé que eso lo sabéis, me refiero a su normalización como dinámicas de vinculación, sobre todo me refiero a la justificación ante otros de ello. Esta es la parte que me da miedo, porque no sé cómo se puede llegar a aceptar y justificar cualquier tipo de violencia, no sé cómo he podido aceptarlo y justificarlo yo. Como si un virus, sigiloso y que se contagia por aire, se hubiese metido en mi cerebro y en el de otras mujeres para lavarlo desde dentro. El virus nos mata desde ahí.
Afecta a toda la sociedad, a los sistemas, familias y géneros. Hace que los hombres piensen que tienen un derecho que en realidad no tienen y a las mujeres nos hace creer que ciertas reacciones son “normales”, “nos las merecemos” o que tienen una causa justificada. Nos hace sentir que tenemos que quedarnos, que si no lo hacemos somos culpables y nos impide movilizarnos.
Yo ahora lo veo, yo ahora sé que no tengo que quedarme ni tolerar, ahora sé que no tengo culpa y que movilizarse es necesario. Ahora sé que irme es un derecho y pretendo cogerlo.
PD: Os dejo un dibujo maravilloso que me hizo una paciente maravillosa como foto de este blog. Un regalo para la vista.





