
Me gustan las rutinas, la seguridad que generan. No me gustan los cambios y, por lo tanto, la sensación de inseguridad y novedad que los acompaña. Por eso siempre me he llevado mal con crecer. Implica movimiento, cambio y hace que mi estructura se tambalee.
Todos los años crecemos y todos los años llega el verano.
Cuando éramos niños, terminaba el curso y la estructura del invierno cambiaba por completo para convertirse en una especie de caos divertido, agradable y muy caluroso. Después, cuando llegaba septiembre, tenías que adaptarte de nuevo a esa estructura y, aunque costaba, yo sentía paz en ello.
Volvía a ver a esos amigos de los que me despedía en junio y, por muy lejos que se hubiesen ido, retomábamos nuestra relación como si nunca nos hubiésemos alejado.
Ahora es diferente. Ya no hace falta un verano para que haya cambios. No hace falta el verano para que la gente se vaya; también lo hacen en invierno.
Es lógico: se van para conocer mundo, aprender idiomas, formarse laboralmente o construir una vida fuera de su ciudad. También os digo que el hecho de que sea lógico no lo hace más fácil. Odio los cambios.
Mucha gente cercana se ha ido. Ha volado lejos para avanzar y, aunque yo siempre busco avanzar, me he quedado. Siempre me he quedado. No sé si por mi necesidad de estructura o por proporcionarles un hogar para cuando vuelvan. La cosa es que siempre me quedo y no solo literalmente.
Solía asociar que se fuesen con el abandono. Me suele pasar, todo lo asocio con el abandono. Me sentía sola y experimentaba una especie de nostalgia anticipatoria. Lo pasaba mal incluso antes de que se fuesen. Solo la idea de la distancia me generaba una tristeza tan grande que llegaba a enfadarme, a veces con ellos. Es duro quedarse y no solo literalmente.
A veces me daba tanto miedo sentir esa sensación nostálgica que invadía mi pecho que me paralizaba, quizá por eso no me iba yo. No me veía capaz de enfrentarme a esa falta de presencia, no me veía capaz de enfrentarme a esa soledad, no me veía capaz de poner límites o quejarme, no me veía capaz de irme.
Con el tiempo aprendí que no se van para hacerme daño y mucho menos para hacerme sentir sola o abandonada. Se van por ellos mismos, por sus necesidades y por su crecimiento. A veces se van porque necesitan huir, pero nunca es por mí. Nunca es porque yo no sea suficiente para hacerles quedarse.
También entiendo que, a pesar de todo, será duro irse. Entiendo que decir adiós a la gente que quieres no es fácil. Adaptarse a nuevas culturas, espacios o personas es estresante e implica esfuerzo y energía. También sentirán soledad hasta que encuentren un lugar seguro. Quizá no seamos tan diferentes.
Yo me sigo quedando, pero con algo más de consciencia, y no creo que deje de hacerlo. No es malo, eso seguro. Ya no lo paso tan mal. Como os decía, ahora es diferente. Les deseo lo mejor y les espero aquí (solo si realmente quiero) para poder seguir siendo su hogar.
De todas formas, todos sufrimos, supongo, escojamos el camino que escojamos. A pesar de ello, he llegado a la conclusión de que las despedidas solo son duras cuando la estancia ha merecido la pena.





