
Este es el blog número 20 de este maravilloso proyecto. Son 20 momentos que me he permitido parar a mirarme, 20 blogs que me permiten expresarme y conocerme en el camino, y 20 oportunidades para hablar de lo que me importa. Entonces, ¿Qué mejor número para contaros que estoy enamorada?
He estado enamorada otras veces: de mi deporte, de mi carrera e incluso de algún hombre, pero nunca tan enamorada como lo estoy ahora y como lo estoy de mis amigas.
Me han acompañado muchas personas, he tenido muchos vínculos. Algunos de ellos no se han mantenido porque la vida lo ha querido así, porque no tenía sentido seguir acompañándonos o porque eran cargantes y desagradables. Muchos de esos vínculos han sido amistades, que, por cierto, poco se habla de las amistades tóxicas. Pero eso para otro blog, que este va sobre la belleza y el amor de la amistad.
La cuestión es que ahora, sin duda alguna, puedo decir que mis amigas son lo más sano y bonito que tengo. El mundo lo ve, nos lo dice mucha gente: “sois un grupo muy guay”, “con vosotras se puede hablar de todo”, “moláis mucho”. Hablan de lo divertidas que somos, de los planazos que nos montamos. Nos llaman “todoterreno” o “pibas-pibes” (lo que quiere decir que nos adaptamos a todo, creo).
Lo que el mundo no sabe y quizás no es capaz de ver es lo que mis amigas son para mí. Son hogar, son refugio. No solo me refiero a que puedo llorar con ellas si estoy mal, que, claro está, también me han sacado de la mierda (a veces provocada por otros), sino que son hogar, de verdad.
Ese tipo de hogar en el que puedo ser yo. Ese tipo de hogar en el que estás cien por cien segura de que, hagas lo que hagas, va a estar todo bien.
No sé cómo explicarlo. Será su mirada, su voz o simplemente su presencia. Saben lo que decir en cada momento y da igual lo que les pida o proponga, que van a estar ahí para acompañarme. Puedo caerme de cualquier forma que ellas van a hacer de red, van a sostenerme y, si me hago daño, me ayudarán a curar las heridas.
Cuando me siento orgullosa de mí misma, primero se lo cuento a ellas. Cuando me equivoco y hago cosas que no están genial, acudo a ellas. Cuando estoy triste o no sé qué hacer con mi vida, ellas son mi guía.
Me ayudan a ser mejor, me hacen y completan. Yo no sería sin ellas.
La verdad es que no quiero usar un sábado para otra cosa que no sea estar con mis amigas. No me apetece tanto hacer un viaje si no están incluidas. No quiero probar cosas nuevas sin ellas. No puedo imaginarme el día a día sin su presencia.
Por favor, estoy tan orgullosa de lo que tengo que no paro de hablar de ellas.
Un paciente genial me ha dicho que su concepto de cielo es desayunar con sus amigas cada día, y estoy de acuerdo. Si eso no es el paraíso, se acerca bastante.
Y, supongo, que eso es el amor. El de verdad. Querer estar tan cerca que te acompañen hasta en tus desayunos, cada mañana. Da igual como te levantes: contenta, cansada, enfadada, estresada, enferma o despeinada, como si la almohada hubiese ganado la pelea.
Las quiero.
Las quiero cerca, libres y felices. Quiero a Paula cuando es intensa con la organización, quiero a Rake aunque pensemos diferente, quiero a Sara aunque no me conteste nunca, quiero a Bea a pesar de los kilómetros que nos separan y quiero a Judi el día que más TDAH tiene.
Las quiero como son, con sus diferencias, con sus días malos, enfados y broncas (que a veces me merezco). Es que, como os decía, estoy enamorada.
Y como dice el TikTok que me ha mandado la Judi: “yo no soy sin vosotras”.
Está claro que me completáis, está claro que, en parte, me hacéis la gran mujer que soy hoy. Que habéis conseguido que entienda que el amor no siempre tiene que ser romántico, que también puede ser un sábado cualquiera, un desayuno, un viaje, una llamada, una bronca o simplemente vosotras.
Os lo agradezco y lo haré siempre.
Os quiero muchísimo, Titukis.





