No soy el mar

He estado de vacaciones en la playa y he hecho una cosa que todos hacemos: mear en el mar. Ya lo decía Arnau Griso: “mear en el mar es un gustazo que nadie me va a quitar”, y creo que tenía razón. Es un gustazo y un derecho al que todos nos acogemos.

He estado escuchando esa canción y otras relacionadas con el pis (como “Mi agüita amarilla”). Me animan. Supongo que me resulta divertido que se hable con tanta naturalidad de nuestros residuos, desechos y de nuestras mierdas.

Un día en la playa, en Montenegro, me vi ahí, metida en ese agua medio caliente y turbia, rodeada de otros guiris, de todo tipo, y de alguna bolsa de plástico. Ahí estaba yo, haciendo pis, y pensé: “Quizás otros también lo estén haciendo”. Y no me molestó, lo entendí y asumí; hasta me hizo sentir que formaba parte de algo. Ellos tienen el mismo derecho que yo a depositar sus mierdas en ese espacio, que es de todos.

Todo esto me hizo pensar. Vivimos en sociedad, convivimos con otros que tienen residuos y mierdas como las tengo yo. Convivimos con sus traumas, heridas y conductas. Yo trabajo ayudándoles a verlas y colocarlas para responsabilizarse de ellas.

Pero sobre lo que más reflexioné fue sobre cómo las depositamos sobre el mundo y los que lo habitan sin darnos cuenta. A su vez, reflexioné sobre cómo el resto toleramos las mierdas de otros aunque no nos toque, desde la consciencia de la convivencia de estas (y con “el resto” me refiero a mí).

Hace un tiempo concebía así el amor. Cuando era adolescente pensaba que, aunque no te guste lo que el otro piensa, hace o simplemente es, se tiene que tolerar. De hecho, cuanto más aceptes al otro “en lo bueno y en lo malo”, más amor hay en ese vínculo.

No sé, a veces querría ir al pasado y darle un guantazo a la Miriam que pensaba así y depositó esas ideas en la Miriam de hoy, porque ahora me cuesta mucho deshacerme de ellas. Me cuesta mucho limitar o irme si es necesario (o simplemente quiero), me cuesta porque me conecta con la culpa. Como si yo tuviese que aguantar porque estoy ahí, como si yo fuese ese mar y otros tuviesen el derecho de mear en él.

No tengo por qué tolerar las mierdas de otros. Si el amor es tolerar incondicionalmente, no lo quiero. Debería tener yo el poder de decidir a quién y cómo quiero amar, ¿no? Debería tener derecho a decidir qué cosas de otros sí quiero tolerar tras entender el porqué, debería tener derecho a decidir cuándo irme porque no quiera seguir aguantando algo que no se sostiene si no es por mí, debería tener derecho a dejar de sentirme atada por esa culpa.

Yo no soy ningún mar en el que mear, porque, al final, igual que yo, ese agua estaba turbia y, entonces, pierde su belleza, deja de sentirse refrescante, deja de ejercer su función. Ese agua, igual que yo, necesita cuidado y limpieza, necesita sentirse cuidada y amada por los que quieren entrar en ella.