
Me voy de vacaciones (por fin) y me he dado cuenta de que, a pesar de que vaya a muchos sitios y con muchas personas diferentes, no dejo de repetir: «Lo que más me apetece es Galicia».
Me he estado preguntando qué tiene ese lugar para generarme tal necesidad e ilusión y creo que son muchas cosas.
Allí se está muy bien. Hace menos calor que en Madrid, se come increíble, barato y hay playa. Pero no creo que lo que haya sea lo realmente importante. Tiene que ser lo que me ofrece, porque siempre quiero quedarme. Ansío ir cada comienzo de verano y lloro al irme cada final de este.
Yo nunca he tenido «pueblo», o eso pensaba. Otros niños de mi clase alardeaban de irse «al pueblo» el fin de semana o volvían de allí contando historias locas (para una niña de 12 años). Cuando me preguntaban a mí, siempre respondía lo mismo: «Yo no tengo pueblo». Con el tiempo entendí que no era tanto el lugar, sino la sensación de pertenencia: tener un sitio al que volver y sentirlo como casa, sentirlo como hogar.
Galicia hace eso. Me genera calma, sensación de paz y hogar; sobre todo, hogar. Así que, aunque no sea «mi pueblo», es mi casa y, pase lo que pase, lo seguirá siendo. Es una sensación extraña, como que allí todo se paraliza, las cosas parecen tener menos importancia y cada rayo de sol o cada bocado de pulpo se sienten con más intensidad y fuerza. Supongo que eso hace «un pueblo»: hace que estés tan bien que no quieras irte.
Cuando era niña iba todos los veranos. A veces en algún puente que caía bien o en Semana Santa, pero, sobre todo, eran los veranos. Eran cinco horas y pico de trayecto, pero yo dormía todo el camino. Dormía porque pensaba que así llegaríamos más rápido o, quizás, y ahora viéndolo desde la adulta, porque prefería dormir a sostener la impaciencia de la llegada. Quizá dormía porque estaba agotada.
Salíamos a las cinco de la mañana porque así «evitamos el tráfico», que decía papá. O quizás, y de nuevo, viéndolo desde la adulta, porque él también ansiaba llegar.
A pocos kilómetros de casa me despertaba. Siempre me despertaba y siempre con la misma sensación: con el olor a eucalipto, con Alvaphille a un volumen perfecto, las ventanas bajadas que dejaban entrar el aire fresco y me permitían ver el verde de la montaña. Ese verde gallego que no es como ningún otro verde.
Me pasaba el verano haciendo de todo. Iba a la playa de Menduiña, comía pulpo pescado por Pepe y cocinado por Teresa, jugaba a las brujas con Paula, molestaba a mis hermanos con las algas, pasaba las tardes en Viñó haciendo queimadas y paseando con Nieves y jugaba a las cartas con Patri y la abuela cada noche. Era, literalmente, feliz.
Ahora es diferente. Ya no voy tanto, aunque me encantaría. Ya no puedo ir a casa y, cuando voy, no son los mismos planes ni las mismas personas. Supongo que la mirada de niña le daba a ese lugar una luz que no puede verse desde la mirada de adulta.
He intentado transformarlo y que así el duelo se me haga menos duro. Ahora voy con personas que son hogar a enseñarles mi hogar para hacerlo un poco el suyo también. Ahora visito otras partes de Galicia, como en sitios diferentes y tomo el sol en playas en las que nunca lo había hecho. Este año voy a A Coruña, por ejemplo.
Salir de lo de siempre puede ser doloroso, pero, a veces, necesario. Te permite conocer, descubrir y generar recuerdos nuevos y bonitos, aunque desde otro punto. Será por supervivencia o adaptación, pero yo prefiero verlo como crecimiento





