
En teoría, habían descubierto que la luna tenía colores. Y no me sorprendía, porque algo tan bonito no podía ser solo gris. He estado investigando un poco y resulta que era solo una interpretación de la superficie según los minerales que tiene. Aun así, prefiero vivir pensando que la luna es de colores. Se merece colores.
De hecho, se merece todo. Está ahí, observándonos desde arriba y cuidándonos. Genera las mareas, hace que tengamos estaciones predecibles y que la Tierra mantenga su eje. Nos ofrece estabilidad.
A mí me genera calma; es algo que está ahí siempre, cada noche, aunque a veces no la vea. Algo que va cambiando conmigo a lo largo del mes, que ofrece luz en las noches oscuras, algo que me conecta con quien ya no está.
Por otro lado, a veces pienso que debe flipar con lo que ve desde allí arriba: con cómo tratamos la Tierra, con las barbaridades que decimos o hacemos y con cómo nos tratamos entre nosotros.
Quizá por eso está llena de cráteres; es su manera de expresar el dolor emocional y la impotencia al vernos desde allí y no poder hacer nada. Quizás está somatizando y nadie está sabiendo verlo.
Que importante es que nos sepan mirar y atender. Que sepan vernos con lo que somos y con nuestros fantasmas. Que sepan cuidarnos desde ahí, sin juicio. Qué importante es el vínculo. Qué importante es orbitar cerca, estar para otros y que otros estén para ti. Sin eso, solo somos seres flotando en el espacio. A veces siento que solo floto en este espacio infinito, pero recuerdo a quien tengo, a mis satélites, aquellas personas que me acompañan siempre. No seríamos nada sin nuestros satélites; yo no sería nada sin mis lunas.
Creo que todos deberíamos ubicar a nuestras lunas, saber quiénes son aquellos o aquellas que nos guían en la oscuridad, que nos saben mirar, que nos acompañan y están cerca. Yo identifico a mis lunas, intento cuidarlas y me esfuerzo por estar también.
Aun así, siempre echaré de menos a MI LUNA. Ella sabía cuidarme como no lo hacen otros; me aconsejaba cosas que a veces ni valoraba, me miraba siendo yo, completa, y me hacía albóndigas. Sin ella, las otras siempre se quedarán pequeñas.
Yo la busco y la miro cada noche. Valoro sus cráteres y le pido disculpas por el daño que nos estamos haciendo. De alguna manera, intento agradecerle su presencia por todos estos años de cuidado, pueda verla o no. Porque ella nos mira (me mira) sin juicio y se queda, entendiendo todo lo que somos (todo lo que soy) y queriéndonos (queriéndome) igual.
Te echo de menos y te quiero, siempre, M.