
Tinder, Bumble, Hinge o el bar de siempre. Todos son lugares donde se puede buscar o encontrar ¿el amor? Lugares donde puedes explorar tu sexualidad, quién eres y lugares donde se te va a juzgar igual.
Esa es la sensación que he tenido cuando me he descargado alguna de estas apps, la sensación que he tenido cuando pacientes mías lo han hecho o cuando alguna amiga me ha hablado, desde la vergüenza, sobre ello.
Las apps para ligar están para eso, para ligar, pero parece que (al menos si eres mujer) hacerlo desde ahí debería avergonzarte o es “a la desesperada”, porque no somos capaces de encontrarlo en otros espacios. En cambio, siento que muchos hombres de mi alrededor tienen todas estas aplicaciones y no dudan; se sienten cómodos y no menos hombres o menos capaces por ello.
Siempre ha habido y va a haber diferencias entre la carga social masculina y femenina. En fin, Eva era la que incitaba al pecado y Adán el pobre que pasaba por ahí. Esto se traduce, en mi adolescencia, al alardear de masturbación si eres hombre y ocultarlo como pecado si eres mujer.
El “body count” como concepto, ¿no? Esta idea de llevar la cuenta de con cuántas personas has tenido relaciones sexuales a lo largo de tu vida y, sobre todo, la idea de que tenemos derecho a preguntar e indagar sobre el “body count” de otros, con el objetivo de posicionarlos más o menos en promiscuidad y siempre desde el juicio.
Ser una persona promiscua podría implicar baja autoestima, falta de responsabilidad, infidelidad, vacío, falta de compromiso o simplemente ser una mujer fácil.
Por otro lado, podría implicar autonomía, seguridad, búsqueda del placer, libertad sexual, exploración o simplemente ser un Don Juan o un conquistador.
Este doble estándar histórico nos acompaña a día de hoy. No es lo mismo, desde la mirada social, que una mujer se haya acostado con 20 hombres a que un hombre se haya acostado con 20 mujeres. No usamos los mismos adjetivos para referirnos a ello, no lo miramos igual.
Desgraciadamente, siguen diciendo por ahí: “No es lo mismo una llave maestra que abre todas las puertas, que una puerta rota que se abre con cualquier llave”. Y lo peor es que yo lo sigo escuchando.
En definitiva, la carga no está ni estará bien repartida.
Y aquí viene mi duda: ¿y ahora qué? ¿Hacia dónde nos movilizamos como género? ¿Exploramos nuestra sexualidad y buscamos conectar con esta parte, históricamente silenciada, a pesar de poder encontrar juicio al otro lado? O ¿nos mantenemos en lo de siempre? Quizá mejor malo conocido que bueno por conocer.
Aquí está la libertad de cada una. Desde el feminismo, podemos decidir qué hacer con esto. Pero también deberíamos intentar no juzgar a otras por tomar decisiones diferentes a las nuestras.
Todos, mujeres y hombres, follamos; nos gusta follar, nos gusta sentirnos conectados con otros y vincular desde ahí. Todos, independientemente del género, somos promiscuos, desde la positividad del término. Y, a veces, no buscamos amor, solo echar un polvo ¿no?