
Nos vendieron la vida como un camino recto que seguir. Como un tiempo límite en el que cumplir unos checks que nos hacen felices y, en realidad, es mucho más complejo que eso.
No conozco a nadie que haya hecho siempre las cosas “perfectas”. Nadie que haya seguido la línea de las cosas de la vida que se “tienen” que hacer en los tiempos que se “tienen” que hacer.
Me explico: mi entorno está compuesto por personas geniales que no han estudiado una carrera o han tardado más años en hacerlo; se han divorciado una o dos veces; han tenido hijos pronto, tarde o nunca; no se han comprado una casa o trabajan de algo que no les encanta.
No pasa nada. No son menos por ello; de hecho, eso les ha formado de manera diferente y mejor. Les ha otorgado sabiduría y conocimiento respecto a lo que es fallar para con los estándares establecidos.
Al romper los esquemas han aprendido, por ejemplo, de manera diferente a manejar la frustración, a perseguir lo que quieren o a parar desde la aceptación y el cuidado, y no desde la resignación.
Por lo tanto, esos consejos son los que más escucho: los que vienen de personas que no han vivido todo perfecto según los cuentos. Los que vienen de aquellos que han luchado y lo han logrado a su manera, poniendo su propia especia en su historia.
La belleza de lo imperfecto, supongo. Pero entonces, si todos vivimos en la no normatividad y la no perfección, ¿por qué seguimos sintiendo esa exigencia?
Yo la siento cerca, como una losa que se pone sobre mis hombros y me dice lo que está bien, lo que está mal y cuál es el camino a seguir para esa felicidad prometida: trabajar, una casa, un hombre y una familia. Todo cumplido en un periodo de tiempo específico, claro; por ejemplo, antes de los 30.
Me ha costado aceptar que, quizás, ese no sea mi camino. Aunque decepcione a la Miriam adolescente que pensaba tener mucho dinero, una casa y estar casada con 27, ese no es mi camino.
Es otro. Quizá nunca me compre una casa, no me case o sea madre soltera. Quizá sea lesbiana. Lo que está claro es que hay muchas opciones de ruta que escoger, que no siempre decidimos cuál nos toca y que dinero sí tendré (dejadme vivir todavía en ese sueño).
No sé. Supongo que seguimos sintiendo esa exigencia porque nos basamos en generaciones anteriores y estas, a su vez, en sus generaciones anteriores. Supongo que necesitamos una guía como base para poder romperla y encontrar, en las grietas, caminos distintos hacia esa “felicidad”.
Lo que tengo claro es que no querría transmitirle esa presión a mi alrededor. Si lo he hecho o lo hago, paradme, porque es mía y nadie más tiene por qué vivir con esa losa.
La presión pesa y paraliza, aunque es verdad que luego pasa. Hemos sobrevivido y lo seguiríamos haciendo.
De verdad, prima, todo pasa.