Entre la playa y Madrid

Soy muy feliz. Estoy en la playa. Estoy sentada mirando al mar mientras mis amigas duermen o leen. El sol toca mi piel mojada y embadurnada en crema, poniendo morenos mis tatuajes. Acabo de comerme una fideuá y un helado en el chiringuito de detrás y solo es abril. La vida me sonríe. Puedo decir que estoy contenta y satisfecha con ella y, aunque mañana volvamos a Madrid, soy feliz.

Bueno, creo que soy feliz, porque el concepto de felicidad, a veces, se me hace bola.

Sé que mis necesidades básicas están cubiertas y que hay otras más complejas (según Maslow) que van cubriéndose poco a poco. Sé que vivo experiencias súper gratificantes, paso tiempo con personas que quiero, salgo a comer comidas deliciosas, leo al sol y me río todos los días. Sé que estoy contenta, tranquila y satisfecha. Reconozco e identifico qué cosas me hacen estar contenta, tranquila y satisfecha.

Es sencillo: mi casa, mi familia, mi cama, ayudar, la playa, el mar, dormir, una charla entre amigas, llorar de la risa, cantar en el coche, el aperitoche, una cerveza fría un día de sol, viajar, una película dramática, los perros, la luna, Galicia. Quizás es demasiado sencillo y, en realidad, la vida no siempre es fácil.

Si me guío por las cosas que me hacen sentir placer, reconozco mejor la felicidad. A veces soy un poco hedonista: busco el placer en lo que hago y vivo e intento evitar el dolor. No sé si esto es realista a largo plazo; por eso digo que “a veces” lo soy y que la vida no siempre es fácil.

No evito lo que me pasa, no me malinterpretéis. Odio la evitación (aunque tengo DEMASIADOS amigos evitativos y les adoro). Gestiono y me enfrento, pero en el camino intento disfrutar y encontrar placer en esas pequeñas cosas porque, si no, ¿qué coñazo la vida, no? Lo sé, palabra sexista, pero es mi blog y escribo como quiero, ¿vale?

En fin, para mí es ahí: identificar esas cosas que te hacen feliz, por pequeñas que sean, para poder usarlas como herramientas cuando la vida sea dura.

Es esto de la resiliencia, ¿no? Lo de asumir con flexibilidad cambios o adversidades y salir fortalecido de ello. La vida son cambios, estrés y hostias (a veces). Así que entiendo que lo mejor es buscar aquello que te ayude a llevarlo y que te haga algo más feliz cada día.

Transformemos esas hostias en aprendizajes y no nos olvidemos de disfrutar en el camino. Échate esa siesta, tómate esa penúltima cerveza, apúntate a ese viaje, besa a esa persona aunque dé miedo, cómete ese último trozo de fuet y ríete cada día.

Ya sabes lo que dicen: si la vida te da limones, hazte limonada