Vivir en deuda, vivir atada

Me relaciono raro con la culpa. A veces no la siento, aunque haya hecho cosas por las que quizás sí debería sentirla. Cosas que no encajan conmigo ni con mis valores. Pero, por alguna razón que aún no entiendo, la siento lejos de mí.

Otras veces la siento mucho por cosas que, pensándolo mejor, creo que en realidad no debería. Como una especie de culpa impuesta por un sistema, una sociedad, una cultura o una religión.

Pero ¿de dónde viene todo esto? ¿Solo de la religión como base de todo? ¿Del pecado original? ¿De la idea de la bondad y la maldad? ¿De la idea de un “cielo” prometido? ¿O es solo una forma de manipularnos para mantenernos ahí?

Quizá, en realidad, sea cuestión de la socialización de género. Todas las mujeres que conozco se sienten culpables por muchas cosas que no son suyas, por ideas generalizadas sobre cómo ser una “buena” madre, hija, amiga o mujer.

Muchas de ellas (y a veces me he incluido en esto) sienten deuda porque otros se han portado bien y no se ven con el derecho a irse, simplemente porque han sido bien tratadas.

Una de mis mejores amigas cuenta que su madre usa la historia de su nacimiento como herramienta para hacerle sentir mal y conseguir lo que quiere. Me explico: mi amiga nació por cesárea y, claro, su madre tiene cicatriz. Aunque ella no pidiese nacer, parece que tiene una condena, penitencia o deuda con su madre. Consigue atarla a través de la culpa. ¿Qué curioso, no? Nació siendo culpable.

A lo mejor estoy algo desconectada de la culpa porque no tengo consecuencias, o que estoy cansada de sentirme culpable por cosas que he hecho y que tengo derecho a hacer.
Cansada de sentirme mal si no estoy disponible, si pongo un límite, si se me olvida la fecha de un cumpleaños. Cansada de sentirme culpable por llorar, por no hacerlo, por discutir, por dar mi opinión, por quedarme callada y no alzar la voz. Cansada de sentir que soy mala amiga por tener otras amigas. Cansada de dar un paso y sentir miedo por la sensación de culpa después.

Todo esto no es justificación para que ahora pueda hacer cosas que sé que van en contra de quien soy, de mis valores y de mi ética. Es una idea de explicación, y siempre voy a intentar seguir mis ideales. A ver, tampoco soy el demonio encarnado, pero es verdad que ahora no conecto tanto con la culpa como otras veces. Y solo vengo a contároslo, porque las emociones no se pueden forzar: surgen y están, o no.

También os digo: libera, ¿eh? Os recomiendo que soltéis un poco, que toméis distancia y os preguntéis si esa culpa que sentís y que os paraliza es impuesta por este sistema, cultura, religión, género, familia, amigos o pareja; o si de verdad tiene que ver con el arrepentimiento según quién soy.

Esa pequeña parte hedonista que me compone agradece la liberación. Porque, a veces, la culpa es un lastre; a veces, las emociones también lo son.